Rumanía es un punto clave de encuentro histórico y cultural entre el sur, centro y este de Europa. Es un estado imposible de encuadrar debido a las tres zonas que lo rodean y que geográfica, política y económicamente lo dividen en “las tres Rumanías”.


 

Este artículo tratará de explicar la importancia estratégica del país, su historia, los desafíos que ha enfrentado y los que le aguardan. Durante estos meses, Rumanía vivirá dos grandes procesos electorales (locales y legislativas) y sin duda habrá que estar pendientes del resultado de las presidenciales de su fraternal vecino, Moldavia, que apenas recibe atención a pesar de su importancia para la estabilidad en la zona. 

El factor geográfico más determinante para Rumanía y su identidad histórica han sido los Montes Cárpatos. Extendiéndose desde el paso del Danubio por Bratislava, tejiendo un semicírculo por Transcarpatia y Transilvania y finalizando en las Puertas de Hierro que separan a estos montes del sistema montañoso balcánico. Zona rica en recursos minerales y vida silvestre, ha servido durante mucho tiempo como defensa y refugio en forma de arco contra los invasores. La presencia de los imponentes Cárpatos hace que Rumanía destaque estratégicamente frente a los estados que ocupan la gran llanura europea. La presencia húngara y austríaca durante varios siglos en Transilvania ha conllevado cierto carácter e influencia centroeuropea para la región. 

En el noreste, en la actual Moldavia, está localizada la desembocadura de la estepa euroasiática que se extiende hasta Mongolia, lo cual ha conllevado el trasiego de múltiples pueblos nómadas que en ocasiones han terminado chocando contra los Cárpatos. La zona de Moldavia está primordialmente integrada dentro de las dinámicas propias del extremo más oriental de Europa. 

El río Danubio ha jugado otro papel importante para Rumanía, ya que gracias a su flujo por el sur del país, condiciona la existencia de una fértil llanura en las planicies valacas, zona agrícola clave. Es en la llanura de Valaquia donde se encuentra la capital, Bucarest, así como otras ciudades importantes para el comercio, el tráfico fluvial y la industria. Si bien la población de Rumanía está repartida de forma equilibrada por el territorio, la importancia económica y política de Valaquia, su conexión con los Balcanes (Bulgaria, Serbia y Turquía) y el desarrollo que vivió durante la época otomana la convierten en el corazón del estado rumano surgido en el siglo XIX. Al norte de Bucarest se encuentra Ploiesti, la capital del oro negro, centro industrial para la producción y refinación de petróleo que convirtió a Rumanía en uno de los estados pioneros en la producción y exportación de dicho recurso durante el siglo XIX y principios del XX. Valaquia es clave para el comercio con Occidente, y es por ello que Rumanía es muy dependiente de la UE y siempre se mantiene expectante acerca de lo que ocurre en el corazón de la unión. Rumanía también representa el extremo oriental del canal Meno-Rin-Danubio y una zona importante donde se cruzan los corredores de transporte paneuropeos de este a oeste (Estambul-Tesalónica-Constanza-Bucarest-Budapest-Viena-Bratislava-Praga-Dresde) y de norte a sur (Helsinki-Moscú-Kiev-Odessa-Chisináu-Bucarest-Dimitrovgrad-Alexandrópolis). La importancia de Rumanía como ruta comercial y energética se podría ver incrementada por la consecución de proyectos como la Iniciativa 3 Mares, el cual, entre otras cosas, busca desarrollar la ruta transcarpática (Bulgaria-Rumanía-Hungría-Eslovaquia-Polonia) para el comercio de bienes y el flujo de energía, en detrimento de las clásicas rutas Este-Oeste y en favor de la cooperación inter-regional entre los pequeños y medianos países de Europa Oriental. 

Otra zona a considerar para Rumanía es el Mar Negro. La región costera y el puerto comercial de Constanza son un punto de conexión geoeconómico que unen los mercados de Europa Central y del Este con Asia. Constanza es el mayor puerto de la cuenca del Mar Negro y juega un factor importante de conexión fluvial con el Mar del Norte (Rotterdam). El Mar Negro constituyó en su día también una debilidad, ya que la desembocadura del Danubio fue utilizada por los otomanos como punto de invasión fluvial a través de la cual se internaron en el corazón de Valaquia. Es por esto que durante siglos, los principados rumanos se aliaron ya fuese con los otomanos o con Rusia cada vez que su posición en el Mar Negro estaba en peligro y el país estuviese sujeto a una invasión. El Mar Negro podría tornarse todavía más importante para la economía rumana dentro de unos años debido al paulatino agotamiento de las reservas petroleras de Ploiesti. Éstas podrían ser sustituidas por la explotación de los recursos marinos. No obstante, Rumanía todavía no dispone de la capacidad para llevar a cabo tales tareas por sí sola y ha encontrado diversos problemas legales así como otras dificultades para desarrollar la última fase del proyecto Neptun Deep junto con la estadounidense ExxonMobil y la austríaca OMV. Dicho proyecto se ha visto también afectado por la pandemia del covid y su financiación quedó postergada hasta 2021. Los planes rumanos también enfrentan los desafíos de Turquía y Rusia, que persiguen la consecución de sus propios intereses en el Mar Negro. 

El territorio actual de Rumanía es también punto de contacto de los 4 grandes factores climáticos y biogeográficos de Europa.

Occidental, caracterizado por la presencia de masas oceánicas de aire, es más presente en la llanura de Banat – Crişana y la parte oeste de los montes Apuseni. 

Oriental, caracterizado por un clima continental templado y sombreado, presente en la meseta de Moldavia y la llanura de Bărăgan.

Sur, marcado por cierta aridez y diversas especies de flora y fauna. Presente en el Banat, Cerna, las montañas Mehedinţi, y el sur de Dobrudja 

Norteño, muy atenuado en las zonas boscosas de los Cárpatos ucranianos, pero que igualmente afecta a la Subcarpatia de Bucovina y la meseta de Suceava. 

 

 

Fue en los Cárpatos y en la llanura de Panonia donde los Dacios/Getas crearon sus primeros asentamientos y desde donde se expandieron. En los Cárpatos es donde la Dacia romana, establecida en tiempos de Trajano, tenía sus urbes más importantes, así como su capital, Ulpia Traiana. Es esta región de Dacia Romana (Transilvania y zonas adyacentes), la cual juega, como ya se ha dicho, un papel importante en la historia y cultura rumanas. Si bien la región cumplía su función como muro de contención frente a los invasores de la estepa y otorgó gran beneficio a los romanos a través de sus minas, fue abandonada por el Imperio durante el siglo III por orden del emperador Aureliano. El saliente dacio era difícil de defender por las constantes presiones de las tribus al norte y este y el Imperio tenía otros muchos problemas; por lo que retornó a la frontera natural que demarca el Danubio. La población, no obstante, conservó la herencia romana en su identidad, cultural y lengua. 

Tras el abandono romano, diversos pueblos germánicos como godos, gépidos y ávaros pasaron a dominar la zona de Dacia y alrededores. La población local se dedicó a las prácticas habituales de la época como el pastoreo y la agricultura. La influencia latina, por su parte no desapareció del todo y la creciente influencia griega representada por el Imperio Bizantino, no consiguió asentarse más allá de la frontera del Danubio. El escarpado terreno contribuyó a que los locales mantuviesen parte de su identidad diferenciada, lo cual conllevó el germen para la posterior aparición de la nación rumana. Al no existir una autoridad clara sobre la zona, la invasión huna del Imperio Romano atravesó los Cárpatos con facilidad. Los hunos sembraron caos, pero también hicieron de la zona parte de su hogar, al igual que muchas tribus eslavas que llegaron procedentes del noreste a partir del siglo VI. 

La llegada del pueblo de los Bulgar, durante el siglo VI, conllevó una pugna con el Imperio Bizantino. Estos predecesores de los actuales búlgaros se habían asentado en el delta del Danubio, en la parte rumana de la región de Dobrudja, pero no les era un área favorable. Los bizantinos trataron de expulsarlos, pero fueron derrotados y los bulgar se asentaron al sur del Danubio. Los ávaros, por su parte, se habían establecido en la zona de la Panonia y también tenían control sobre la antigua Dacia romana. 

El posterior dominio que ejercerían los búlgaros sobre el territorio de la actual Rumanía es siempre motivo de debate. No obstante, entre los siglos VIII y IX, el reino búlgaro sostendría diversos conflictos contra la expansión de los Jázaros hacia los Balcanes a través de la ruta del noreste (actual Moldavia) y contribuiría en la destrucción y desaparición del reino de los Ávaros de Panonia. Se cree que Bulgaria expandió su dominio hasta el curso del Dniester al norte y noreste además de hasta la actual Budapest al noroeste. Todo esto es debatible, era un área de gran tamaño poblado por pueblos dispersos y difícil de mantener. Lo más probable es que el dominio búlgaro no estuviese asentado más allá de Valaquia, siendo el resto de la actual Rumanía un área de avanzadillas defensivas frente a invasores. 

A finales del siglo IX, las grandes tribus de los magiares (húngaros), procedentes de la estepa póntica y presionados por la migración de los pechenegos, invadieron los Cárpatos y la llanura panónica y se mezclaron con la población local. Desplazaron el dominio de los búlgaros al sur del Danubio y establecieron su control en lo que antaño fue el territorio de los ávaros. Cuando los pechenegos migraron, desplazaron a los magiares más allá de los Cárpatos. Durante el periodo feudal la población local sirvió en las filas de diversos bandos dependiendo de la situación y comenzaron a organizarse bajo la dirección de pequeños señores al servicio de las distintas potencias en la zona. Los pechenegos junto con los cumanos, que llegaron a principios del siglo XI, fueron los últimos pueblos nómadas en diseminarse por el territorio de la actual Rumanía. El Reino de Hungría, los Habsburgo y el Imperio Austríaco, pasarían a  dominar Transilvania durante cientos de años y a dejar su impronta. A partir del siglo XIV, distintos voivodas y príncipes comenzaron a rebelarse contra la autoridad extranjera y crearon principados como el de Valaquia y Moldavia. Pese a ello, Polonia, Lituania y Rusia presionaban por el norte y noreste, mientras los turcos avanzaban por el sur de la Península Balcánica. Los predecesores de los rumanos tuvieron que sobrevivir a base de su ingenio y de nuevo aliarse con uno u otro bando dependiendo de la situación.  

La orografía rumana contribuyó a la división histórica en tres entidades distintas o “tres Rumanías”: Moldavia, Valaquia y Transilvania. La rivalidad entre estas regiones, los distintos poderes que las controlaban y el factor del terreno contribuyó a la dificultosa unión de Rumanía bajo una misma autoridad independiente durante siglos. La prestigiosa casa Basarab dio lugar a la pugna entre las casas de Draculesti y Danesti, que se disputaron los tronos de Valaquia y Moldavia mientras combatían la injerencia extranjera. Entre los diversos líderes que hubo destacan algunos nombres como Stefan III de Moldavia, Vlad Draculea, Mihai el Valiente (primero que consiguió unificar los tres territorios rumanos), Dimitrie Cantemir o Constantin Brancoveanu.

 

 

A pesar de su resistencia, los dos principados rumanos de Valaquia y Moldavia perdieron totalmente su capacidad de ejercer una política externa independiente y se convirtieron en vasallos del Imperio Otomano, siendo más tarde objeto de disputa entre éste y el Imperio Ruso, que buscaba incrementar su influencia en los Balcanes. 

El siglo XIX fue el momento clave para Rumanía. El Imperio Otomano no podía contener a Rusia y ésta comenzó a incrementar su presencia en los Balcanes a partir de la Guerra ruso turca de 1806-1812. Los rusos ya habían establecido su influencia en la región a partir del tratado de Küçük Kaynarca, que les daba derechos de intervención, entre otros. Gran parte de lo que venía siendo Moldavia acabó en manos rusas y fue integrada en la gobernación de Besarabia. El Regulamentul Organic, a pesar de establecer el protectorado ruso sobre los principados rumanos, fue el primer paso para crear una futura constitución rumana. 

No fue hasta las revoluciones de 1848 y con la continua reducción de poder del Imperio Otomano y sus guerras con Rusia, cuando Valaquia y la parte de Moldavia que no había sido integrada en Besarabia intentaron unirse de nuevo bajo un estado rumano. En ambos territorios los intentos de revolución fueron reprimidos por otomanos y rusos, no obstante, el despertar nacional era ya imparable y se lograron diversos avances legales, en materia de derechos y administración. 

Si bien el factor del idioma rumano jugó un gran papel en la formación del sentimiento nacional en Valaquia y Moldavia, en Transilvania lo fue sobre todo la religión ortodoxa. Los habitantes rumanos fortalecieron su conciencia étnica en contraposición a sus dominadores católicos y ello quedó patente gracias a personas como Avram Iancu, que lideraron la oposición paralela de los rumanos de Transilvania, independientemente de las protestas de la población húngara frente al descontento con la administración imperial austríaca. No obstante, pasaría tiempo hasta que este territorio se uniese a Moldavia y Valaquia. 

Es en este periodo cuando se escribe la letra del actual himno rumano, la cual es tomada del poema escrito por Andrei Muresanu, destacado personaje durante la revolución de 1848, originario precisamente de Transilvania y prueba de la importancia identitaria de la herencia romana. Una de las primeras estrofas dice así:

“Ahora o nunca, demostremos al mundo que por estas manos fluye la sangre de romano, y de que en nuestro pecho conservamos con orgullo un nombre, triunfante en batalla, el nombre de Trajano”. 

Tras la Guerra de Crimea y la derrota rusa, el tratado de Paris de 1856 estableció de manera oficial los “Principados del Danubio”, los cuales fueron puestos bajo protección de las grandes potencias y los rumanos acabaron organizándose bajo el liderazgo de Alexandru Ioan Cuza como domnitor (príncipe) y su Partida Națională. En 1862 los principados adoptaron el nombre de Rumanía y se llevaron a cabo profundas reformas para impulsar una constitución, una organización estatal eficiente, transferir la propiedad de la tierra a los que la trabajaban, crear un sistema educativo, un sistema legal y un ejército. Durante esta época, Rumanía sirvió como base de operaciones y centro de reabastecimiento para los revolucionarios búlgaros y griegos que luchaban contra el dominio otomano. 

Alexandru Ioan Cuza no duró mucho en el poder a causa de la reforma agraria y tuvo que abdicar, siendo sustituido por Karl de Hohenzollern-Sigmarinen o Carol I, como se le suele denominar. El parlamento rumano declaró su independencia en 1877, la cual vio reconocida tras el tratado de Berlín y por su participación en la guerra ruso-turca (1877-1878). A pesar de la procedencia germana de su monarca, el gobierno rumano supo ver la oportunidad de ganar Transilvania durante la Primera Guerra Mundial y se alió con la Entente. No obstante, las tropas rumanas no fueron rival para la alianza germano-búlgara y el país quedó aislado tras la retirada del Imperio Ruso de la guerra. Rumanía tuvo que pedir la paz. No obstante, la Entente pudo cambiar las tornas en 1918, Rumanía consiguió reengancharse al conflicto y pudo beneficiarse del Tratado de Versalles y el Tratado de Trianón, especialmente tras haber derrotado a la efímera República Soviética Húngara de Bela Kun en 1919. Hungría perdió definitivamente territorio en favor de Rumanía y las grandes potencias reconocieron la unión de Bucovina y Transilvania con el estado rumano. Transilvania todavía está poblada por una considerable población étnica húngara y Trianón representó una humillación para Hungría. Aún a día de hoy, ese tratado es motivo de conflicto y causa de ciertas aspiraciones revisionistas. A pesar de ello y contra lo que suele ser habitual, la región no constituye un “polvorín” dentro de la propia Rumanía. Además de esto, Besarabia volvió a Rumanía tras la disolución de la también efímera República Socialista Soviética que se formó allí en 1919. Con esta nueva configuración, Rumanía logró constituir su ansiada “Gran Rumanía”, el único estado de la zona balcánica en conseguir satisfacer en gran medida su irredentismo.

 

 

Este éxito no duraría mucho. Durante los próximos años Rumanía destacó por la radicalización política y social.  En 1927, Corneliu Codreanu fundó la Guardia de Hierro (Garda de Fier), también conocida como Legión de San Miguel Arcángel, cuyos integrantes se denominaban “legionarios”. Esta era una organización fascista que incluyó bastantes elementos clericales y misticismos en su estructura ideológica, además de que sus ideas giraban en torno a la persecución de un “hombre nuevo” a través de la consecución de una “espiritualidad pura”. En 1907 una gran revuelta campesina ya había sido reprimida con mucha dureza por las autoridades, lo que llevó a que gran parte del descontento fuese capitalizado por la Guardia de Hierro para sus propios intereses. Una parte importante de la élite política rumana era francófila, pero el país sufría mucho económicamente y a pesar de las leves mejoras en el ámbito de la industria, las malas condiciones campesinas continuaron favoreciendo el auge de la Guardia de Hierro y sus posiciones.

Se había mantenido un aparente sistema Constitucional Monárquico durante el Reinado de Ferdinand I, tras su muerte, el Partido Nacional Liberal (PNL), que había dominado durante años, se tornó corrupto, siendo suplantado por el Partido Nacional Campesino, una formación agraria y de centro-derecha fiel a la monarquía que había surgido como consecuencia de la unión del Partido Nacional Rumano de Transilvania y el Partido Campesino. La formación agraria arrasó en las elecciones de 1928, consiguiendo el 79% de los votos, pero la crisis económica derivada de la Gran Depresión acabó con los planes de cambio que tenía el PNC de sacar al campesinado de la pobreza y el atraso. En 1933 el Rey Carol II decidió encargar de nuevo la formación de gobierno al PNL. El Primer Ministro, Ion Duca, se propuso combatir con dureza el auge del fascismo y prometía grandes cambios, pero fue asesinado cuando apenas llevaba 45 días en el cargo, el primer asesinato de una gran personalidad política desde hacía más de 50 años. 

En este periodo de entreguerras hubo más de 20 gobiernos y Rumanía jugó a mantener el equilibrio a través del mantenimiento de su alianza con Francia y la Pequeña entente (Checoslovaquia, Yugoslavia) mientras sectores crecientes en el país coqueteaban con el fascismo. Irónicamente, Gheorge Tătărescu fue el único primer ministro en cumplir los cuatro años de mandato. El Rey Carol II había simpatizado en un principio con Codreanu y trató de controlar el movimiento fascista, pero fracasó y acabó enemistándose con él. Carol II veía que la Guardia de Hierro podría ser una punta de lanza de la Alemania Nazi y la Hungría fascista para hacerse con el poder en el país y dividir de nuevo sus territorios. En 1938, el monarca rumano abolió la constitución e inició una dictadura real con políticos afines (Frente de Renacimiento Nacional). Comenzó una gran persecución contra la GH, Codreanu y otros muchos que fueron detenidos. Al ver que las acciones de la guardia no frenaban, sus miembros fueron ejecutados. A pesar de haber descabezado al movimiento, éste todavía era fuerte y respondió asesinando al Primer Ministro, Armand Călinescu. Gheorge Tătărescu volvió a encabezar el gobierno y en un gesto al Eje, liberó a los legionarios detenidos, lo cual más tarde demostraría ser un error. Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial quedó claro que ni Francia ni el Reino Unido podrían ayudar a Rumanía y tras la rendición francesa en junio de 1940,  la élite política francófila rumana quedó totalmente desacreditada. La Alemania Nazi consiguió forzar un derecho de paso a partir de amenazas además de un muy favorable pacto de suministro de petróleo desde Rumanía. Entonces comenzó el reparto del país. La URSS envió un ultimátum y anexionó Besarabia y el norte de Bucovina sin que el Eje hiciese nada por ayudar a su nuevo aliado rumano. Tătărescu fue sustituido por figuras todavía más simpatizantes al Eje, entre ellos Horia Sima, nuevo jefe de la Guardia de Hierro. A pesar de esto, los políticos rumanos siguieron siendo presionados y cedieron el norte y centro de Transilvania a Hungría durante el arbitraje de Viena. Al mes siguiente, en el Tratado de Craiova, Bulgaria obtuvo la devolución de la Dobrudja meridional, que había perdido tras la Segunda Guerra Balcánica y estaba poblada por una mayoría búlgara. Carol II perdió todo su prestigio a causa de estas concesiones y se vio obligado a ceder el poder al mariscal Ion Antonescu, quien desde entonces fue el conducător (líder) de Rumanía y contó con el apoyo de la mayor parte del ejército. 

 

El Estado Nacional-Legionario

El Rey Miguel I de Rumanía sustituyó a su padre en el trono, aunque en realidad el monarca fue un mero títere de Antonescu durante los primeros años. Antonescu estableció un gobierno junto con la Guardia de Hierro y proclamaron el Estado Nacional Legionario, siendo la Guardia el único partido político del país. Bajo su liderazgo, Rumanía terminó de aliarse por completo con el Eje (Pacto Tripartito y Anticomintern). Antonescu nunca confió del todo en la Guardia de Hierro y desaprobó los pogromos y los actos de terrorismo contra políticos no afines que llevaba a cabo la guardia. Contra los judíos, Antonescu prefería un proceso de expropiación y consecuentes leyes antisemitas que implicasen menor caos del que generaba la guardia. En enero de 1941 los legionarios se rebelaron y con ello llevaron a cabo un sádico pogromo en Bucarest. Antonescu decidió acabar con ellos, movilizar al ejército, prohibir a la organización y hacerse con todo el poder. El enfrentamiento llegó incluso a dividir a los nazis estacionados en Rumanía, apoyando los de mayor rango a Antonescu, mientras que los de menor rango intentaron ayudar a Sima y su organización. Como es lógico, la Guardia de Hierro no fue rival para el ejército, y la organización fue disuelta. Si bien muchos de sus jerarcas, entre ellos Sima, pudieron escapar.

Antonescu colaboró ampliamente en el Holocausto, la persecución de otras minorías, así como la represión contra compatriotas que no simpatizaban con sus ideales. Tras acabar con la Guardia de Hierro, disolvió el Estado Legionario y formó un gobierno militar que fue apoyado por la mayor parte de las antiguas formaciones políticas, a las cuales dio algo de libertad de acción. Desde entonces, el gobierno destacó por apoyarse en los sectores militares para controlar el estado. No existía en sí un movimiento ideológico de masas como en Alemania, pero sí un gobierno conservador y autoritario. No obstante, Antonescu sí pretendía compensar las concesiones territoriales de sus antecesores con la ganancia de territorio durante la invasión a la URSS, justificándolo con que los rumanos, siendo descendientes de los romanos (latinos), debían someter a los eslavos, a quienes consideraba inferiores. En 1944 ante la inminente derrota del Eje, Antonescu, que había perdido el favor del ejército, intentó negociar con los aliados, pero en su contra ya se había organizado un Bloque Nacional integrado por distintos partidos: desde liberales o campesinos hasta comunistas. Este bloque estaba apoyado por el Rey Miguel I, quien llevaba varios años en contacto con los aliados. En agosto se produjo finalmente el golpe, ante la inminente llegada de las tropas soviéticas. Miguel I rompió con el Eje y Rumanía cambió de bando, consiguiendo finalmente recuperar la región de Transilvania. 

Durante el periodo de entreguerras, los comunistas habían intentado infiltrarse en las formaciones socialdemócratas sin mucho éxito; y es que los partidos de izquierdas eran un ir y venir de disputas. Debido al alto componente conservador/religioso, el severo atraso en el que vivía el sector campesino, el mayor poder de las formaciones agrarias, la falta de industria y la represión de las autoridades, la presencia de formaciones comunistas en Rumanía había sido generalmente débil y dependiente de la influencia soviética. 

 

El socialismo rumano

Tras diversas disputas, Petru Groza (Frente de Labradores) llegó al puesto de primer ministro, que ocupó desde 1945 a 1952. Hubo enfrentamientos con Miguel I, sus partidarios y el Partido Nacional Campesino, entre otros. Mientras, Antonescu y diversos colaboradores con el nazismo fueron ejecutados o encarcelados. Miguel I se vio obligado a abdicar en 1947. De nuevo, la naturaleza política de Rumanía no tardó en actuar: múltiples sectores socialistas y comunistas pugnaron por el poder y el país intentó seguir un camino propio. Gheorghe Gheorghiu-Dej, firme estalinista y secretario general del Partido Comunista Rumano (PCR), se opuso a la desestalinización, fomentó políticas económicas de industrialización opuestas a los deseos de la URSS y una agresiva colectivización. Comenzó una política emancipadora, promovió el comercio y relaciones con los países occidentales e intentó posicionarse a favor de China. Tras su muerte en 1965, Nicolae Ceausescu, le sucedió

El polémico líder rumano continuó la estela de su predecesor, pero destacó por ser bastante carismático en sus primeros años e iniciar un proceso liberalizador en el plano cultural e ideológico. Continuó impulsando la industria y las obras y servicios públicos, se opuso a la invasión de Checoslovaquia en 1968 e incrementó las relaciones con los países y organismos occidentales, siendo Rumanía un caso aparte dentro del bloque socialista (exceptuando el caso yugoslavo). No obstante, todo acabó degenerando debido a su grandilocuencia. En sus tesis de julio de 1971, quedó patente que a partir de su visita a Asia, Ceausescu comenzó a sentir admiración por eventos como la revolución cultural china o el sistema juche de Corea del Norte, y quería aplicar lo mismo en Rumanía… pero a su manera. Se impulsó una revolución cultural, el culto a la personalidad y el nacionalismo protocronista. El protocronismo rumano (dacomanía/dacología), si bien surge mucho antes de la llegada del comunismo, buscaba idealizar a los antepasados dacios, presentándolos como una civilización que jugó un papel clave en la historia de la humanidad, restando importancia a la influencia romana y atribuyendo diversos logros y descubrimientos al pueblo rumano, aún a falta de pruebas claras. 

Con el gran énfasis que se puso en la industria pesada y la adquisición de tecnología, Rumanía terminó cometiendo el error de pedir préstamos a organismos occidentales. La producción superó al consumo, las crisis de 1973 y 1979 dificultaron más la situación. El pago de los préstamos se complicó y los intereses aumentaron. Al gobierno no se le ocurrió otra cosa que pedir una línea de crédito al FMI y aplicar medidas de austeridad durante toda la década de los 80, lo cual tuvo sus repercusiones en las importaciones, entre otras cosas, de alimentos. Rumanía ya había comenzado conversaciones con el FMI en los 60 y la organización aceptó su membresía en 1972. Fue el primer estado del Comecon en unirse. Esto significó que Rumanía sería monitoreada en profundidad por el FMI, que conocía sus fortalezas y debilidades. 

Se tuvieron que destinar gran parte de los fondos del estado a pagar las deudas y aplicar recortes. La calidad de vida se vio muy afectada. Si bien países como la vecina Bulgaria introdujeron duras medidas económicas tras el colapso socialista y durante la consecuente crisis de los 90 derivada del paso al capitalismo, Rumanía lo tuvo que hacer una década antes, lo cual terminó por incrementar el descontento y generar odio un contra el sistema que tenía gran parte de su base de estabilidad en el devenir económico. Las revueltas de Brasov, protagonizadas por obreros, ya habían sentenciado a Ceausescu en 1987. Éste se dio cuenta de su error e intentó romper con el FMI, pero ya era demasiado tarde. En diciembre de 1989 todo degeneró rápidamente, las protestas eran incontrolables y Ceausescu había perdido el favor entre los sectores oficialistas además de la confianza de las fuerzas armadas, se produjeron cientos de muertos. Ion Iliescu y el Frente de Salvación Nacional (FSN) aprovecharon la situación para llegar al poder. Ceausescu y su mujer fueron detenidos, juzgados sumariamente y ejecutados el 25 de diciembre. Si bien la represión contra los díscolos y manifestantes aumentó durante los últimos años, sobre todo a partir del giro conservador y personalista, la última estocada contra el gobierno y el propio Ceausescu está marcada por una polémica manipulación mediática como fue la difusión de imágenes de fosas comunes en Timisoara, que se convirtieron en uno de los símbolos de la revolución. En un principio se consideró que los cuerpos pertenecían a victimas del Securitate (policía secreta), pero más tarde se descubrió que eran de personas que habían muerto con anterioridad a las protestas y que habían sido desenterradas de sus tumbas para ser grabados por la prensa y causar mayor indignación nacional e internacional. 

 

 

No todos los problemas acabaron con la caída de Ceausescu. Durante los últimos años, la política rumana se ha caracterizado por los grandes partidos y coaliciones turnándose en el poder constantemente, rompiendo sus alianzas en función de los casos de corrupción y diversos enfrentamientos entre las élites que han causado la caída y formación de nuevos cabinetes una y otra vez. 

 

La era capitalista

Con Iliescu en el poder (1989-1996, 2000-2004), se llevaron a cabo las típicas reformas privatizadoras y neoliberales que tuvieron lugar en todos los países postsocialistas. Rumanía continuó pidiendo dinero al FMI a pesar de que la deuda adquirida en tiempos de Ceausescu ya había sido saldada en 1989. También hubo manifestaciones contra las nuevas autoridades nada más cambiar el régimen, además de diversas polémicas con el soborno a mineros para acallar las protestas contrarias al gobierno. A Iliescu y sus cercanos se les acusa de integrar un círculo de antiguos miembros del partido comunista que habrían aprovechado la debilidad de Ceausescu para hacerse con el poder, algo que hasta este punto es evidente que viene siendo la tónica habitual en la historia rumana. Diversas investigaciones criminales serían abiertas contra él, hasta ser de nuevo acusado (2019) de incitar a la violencia durante la revolución de 1989 así como otros crímenes posteriores. No obstante, el caso es todavía motivo de polémica y conflicto.

Toda una serie de nuevos partidos surgieron o resurgieron a partir de 1990, entre ellos el histórico PNL, que se opuso al Frente de Salvación Nacional (FSN). El FSN terminó por romperse en 1992 antes de las elecciones generales de ese año y se dividió en dos formaciones, siendo el Partido Socialdemócrata (PSD) el más exitoso y el que ocuparía el gobierno durante varios años. El PSD dominó la política, mientras que la coalición de derecha (CDR) integrada por el antiguo Partido Nacional Campesino (PNT-CD) y el PNL integraron la oposición. En 1996 las tornas cambiaron y el CDR se hizo con el poder en parte de los feudos rurales del PSD, pero esto fue efímero, ya que en el 2000 el PSD de Iliescu regresó al poder. Iliescu introdujo a Rumanía en la OTAN e inició el proceso que llevaría a firmar el tratado de adhesión a la UE. Si bien el PNL forjó todo tipo de alianzas con otras formaciones de derecha, el dominio electoral del PSD y sus pequeños aliados fue indiscutible durante la mayor parte del tiempo, pero se vio paulatinamente erosionado por los múltiples casos de corrupción. A pesar de las acusaciones y conspiraciones existentes sobre la naturaleza “comunista” del PSD, este partido no aspira ni a retornar a tal sistema ni a llevar a cabo medidas rompedoras en ese sentido. Es más, la Ley de Seguridad Nacional rumana de 1991 (art. 3, apartado h) nombra como “amenazas” el “iniciar, organizar, ejecutar o apoyar cualquier acción totalitaria y extremista de naturaleza fascista, legionaria o comunista”, entre otras muchas. 

Pedir préstamos al FMI y otros organismos fue algo que se volvió a repetir con la crisis del 2008. La gran desregularización del mercado laboral llevada a cabo desde entonces empeoró aún más las condiciones en el país, la membresía en los sindicatos y las organizaciones de trabajadores se vio amargamente afectada por las medidas. Rumanía compite generalmente con Bulgaria para liderar los primeros puestos en índices de pobreza y desigualdad dentro de la UE. A pesar de cosechar aparentes buenos datos en crecimiento de PIB año tras año y de la inversión extranjera, lleva 30 años viviendo un éxodo poblacional y una problemática baja tasa de reemplazo. Si en 1990 contaba con 24 millones de habitantes, hoy en día se encuentra en 19.24 millones. Según la ONU, Rumanía está dentro del top 10 de países que perderán más de un 15% de su población hasta 2050, situándose junto a otros países como Serbia, Polonia, Lituania, Ucrania o Moldavia, pero sin llegar todavía a las cifras críticas de Bulgaria. Otro de los grandes problemas que ha caracterizado a Rumanía durante las últimas décadas es la lacra de la prostitución y el tráfico de personas, circunstancias favorecidas por el crimen organizado, que se aprovechó del descalabro económico y social.  En 2006, un 45% de las personas que se prostituían en Europa procedían de la mitad Este. En 2008, el 12% afirmaban proceder de Rumanía. Entre 2015-2016, Rumanía ocupó el top 5 de países que “exportaban” víctimas de prostitución y el que registraba la mayor cantidad de personas detenidas por tráfico de personas. 

El relativo fracaso de muchas medidas implementadas a partir de 1989 conllevaron que partes considerables de la población se replanteasen cómo se llegó a la situación actual y si algunas decisiones se tomaron de forma demasiado drástica. En 2010, el Instituto Rumano de Evaluación y Estrategia (IRES) llevó a cabo una encuesta sobre la época comunista: un 71% de los rumanos consideraban que Ceausescu no merecía el destino que tuvo. Un 84% afirmó que no le habrían condenado a muerte. Un 63% consideró que antes de 1989 se vivía mejor, pero también consideraron (68%) que el comunismo no se había aplicado como debería y un 57% no se arrepentía de su caída. Según una encuesta más reciente, llevada cabo por INSCOP en 2019 y encargada por el Laboratorio de Análisis de Guerra de la Información y Comunicación Estratégica, un 27% consideró que el comunismo hizo bien a Rumanía, frente a un 29% que consideraba lo contrario. Un 34% optó por resaltar que “es complicado” ya que hay muchas diferencias entre el comunismo existente en los 50 y el comunismo aplicado por Ceausescu. 

En 2012 tuvo lugar una notable crisis constitucional entre los grandes partidos, que vio el enfrentamiento entre el presidente, Traian Băsescu (PNL-PD) y el Primer Ministro, Victor Ponta (PSD), este conflicto generó toda una ola mediática de acusaciones entre ambas partes que llegaron a exponer los trapos sucios de uno y otro (Plagio Ponta/Rompetrol). Băsescu se enfrentó a su segundo referéndum para la destitución presidencial, el primero fue en 2007 y lo ganó, no obstante, en 2012 perdió con un 88% de los rumanos votando por su salida. El problema fue que tan solo hubo un 46% de participación y el Tribunal Constitucional consideró el referéndum inválido. Desde 2014, la presidencia está ocupada por Klaus Iohannis (PNL) quien revalidó con firmeza el puesto en 2019. Durante las legislativas de 2016 el PSD obtuvo una victoria contundente y formó gobierno con Sorin Grindeanu a la cabeza. El problema para el PSD fue que su líder, Liviu Dragnea estaba siendo investigado por abuso de poder y corrupción, entre otros crímenes. Finalmente sería condenado y la mala acción de su partido produjo las masivas protestas de 2017 y 2019, las cuales marcaron un antes y después y mostraron el hartazgo general con la corrupción y el estado del país. El gobierno del PSD-ALDE pretendía sacar adelante proyectos de ley que afectarían al Código Penal y que tenían por objetivo indultos, amnistía para delitos como el abuso de poder e intromisión en el poder judicial. Parte de estas medidas tenían por objetivo ayudar a políticos que estaban siendo investigados por corrupción, como Liviu Dragnea.

Las protestas fueron un descalabro absoluto para la popularidad del PSD y gran parte de su cúpula. Grindeanu cayó tras seis meses de gobierno, el PSD intentó recomponerse, pero perdió el poder otras dos veces entre enero de 2017 y octubre de 2019. Desde entonces, la formación socialdemócrata ha perdido cerca del 25% de su electorado Ludovic Orban (líder del PNL) tomó el relevo del gobierno, pero en minoría. Perdió una moción de confianza en febrero de 2020 y las elecciones parecían inevitables, pero volvió a formar gobierno el siguiente mes gracias a algunos acuerdos con pequeñas formaciones. Orban y el PNL se han mantenido en el poder durante los meses de la pandemia gracias al apoyo de las minorías (exceptuando la húngara) y dos formaciones liberales. En agosto, el gobierno de Orban sobrevivió a una nueva moción de confianza, el PSD, que todavía es la mayor formación tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, no parece que vaya a intentar tumbar de nuevo al gobierno y se da por vencido. El PNL está muy bien posicionado para afianzar el terreno ganado con nuevas victorias en las próximas elecciones locales del 27 de septiembre, las cuales fueron pospuestas a raíz de la pandemia. A estas alturas, la decepción con la clase política conlleva que el factor más determinante para el votante sea el nombre de los candidatos y no tanto el del partido. 

El PNL ha sufrido bastante los problemas derivados de la pandemia, al perder alrededor de un 13-14% en intención de voto desde febrero, dependiendo de la encuestadora. El PSD se ha beneficiado levemente, pero todavía se sitúa por detrás. La nueva Alianza 2020 USR-PLUS, creada en 2019 de la fusión de los dos partidos liberales, está enemistada con el PSD y apoyó al presidente Klaus Iohannis en 2019. Esta nueva formación, de marcado carácter europeísta no trae consigo caras nuevas precisamente, pero parece revivir parte de las antiguas tradiciones de francofilia en la política rumana; contando con buenos contactos en Bruselas y con el apoyo tácito del presidente francés Emmanuel Macron. Lo más factible es que PNL, USR-PLUS, y en todo caso el PMP, sean la mayoría en los consejos locales y condados. Aún si los candidatos del PSD obtienen una victoria ajustada en algunas localidades, se enfrentarán a una coalición hostil de derecha y las opciones de pacto para los socialdemócratas serán limitadas. Las elecciones locales decidirán el resultado de las próximas legislativas del 6 de diciembre, donde la derecha también pactaría para gobernar con soltura, no obstante, habrá que estar atentos al resultado en Bucarest, ya que el USR-PLUS podría aprovechar un buen resultado para asaltar directamente el poder. 

Salvo sorpresas, Ludovic Orban repetirá como cabeza del gobierno del PNL tras las legislativas y el PSD sufrirá una gran fuga de votos, al igual que sucedió en las presidenciales de 2019. Esto acabaría con las dos décadas de dominio de los socialdemócratas en ambas cámaras, marcando Orban y Iohannis el paso en las instituciones. Hay que reconocer que Rumanía necesita algo de estabilidad tras pasar por 14 gobiernos tan solo durante la última década, sin embargo, la perspectiva de una derecha fuerte en el gobierno y una oposición debilitada, en manos del PSD, preocupará a algunos observadores extranjeros, sobre todo en los tiempos que corren.

En 2018, un 77% de los rumanos consideró que el país se dirigía en la dirección equivocada, siendo grandes problemas la pobreza, el desempleo, la corrupción, el estado de la sanidad o la incompetencia de los políticos. Solo un 35% afirmó que la democracia en Rumanía funciona correctamente, mientras que un 62% afirmó lo contrario. Un 81% consideró que los partidos políticos no contribuyen lo suficiente o no contribuyen en absoluto para solucionar los problemas del país. Las instituciones en las que los rumanos depositan más confianza son el ejército (78%), la iglesia (56%) y la policía (53%). Un 30% se definen como liberales, un 25% como socialdemócratas y un 10% como democristianos. 

La población rumana ha ido tomando conciencia de su situación durante los últimos años y los partidos y los políticos tendrán que tener cuidado con las decisiones que lleven a cabo. 

 

La cuestión moldava

De nuevo en el plano exterior, los intentos de Rusia de recuperar su influencia conllevan que Rumanía constituya junto con Polonia y Turquía, uno de los puntos defensivos para la política exterior de EE.UU y la UE en la región, esto es: Polonia contiene a Rusia en la gran llanura europea, Turquía hace (o hacía) lo suyo en el Mar Negro y el Cáucaso y Rumanía cumple su papel al intentar frenar a Rusia en los Balcanes. Cuando EE.UU anunció la intención de trasladar parte de sus tropas estacionadas en Alemania a otros destinos, Rumanía se ofreció a ser uno de esos países en acoger dichas tropas. Desde hace años, Rumanía es parte del importante entramado que constituye el escudo de defensa antimisiles desplegado en Europa y recibe con alegría los nuevos proyectos propuestos por la OTAN. Existen grandes planes para renovar la base aérea de Campia Turzii, que se convertiría en una de las mayores bases de operaciones de EE.UU fuera de sus fronteras y contribuiría al paulatino desplazamiento de las fuerzas de la OTAN hacia el este. 

Un 53% de los rumanos considera que Moldavia se debería reunificar con Rumanía y un 64% considera a Rusia la principal amenaza. Rumanía está perfectamente integrada política e ideológicamente en la esfera de dominio occidental y las opiniones positivas (en todos los rangos de edad y educación) que mantiene su población respecto a la UE (60%) y la OTAN (61%) son un hecho. El conflicto congelado de Transnistria, que afecta la puesta en marcha y consecución de algunos de los intereses rumanos, refuerza el deseo de cooperación con los organismos occidentales. 

El conflicto ucraniano ha levantado la preocupación de las autoridades rumanas, país con el que comparte una gran frontera. A esto hay que sumar el factor moldavo, ya que esta república tiene una población que se puede considerar étnicamente rumana. En los 90 ambos estados planearon unirse, pero la geopolítica paró el intento en seco debido al conflicto de las autoridades moldavas con los habitantes de Transnistria, que no quieren ser parte de Moldavia o Rumanía. 

Las actuales fronteras de Moldavia se diseñaron con gran habilidad durante la etapa soviética, convirtiendo a este país en un “lisiado” en términos de política exterior independiente y pensando en evitar que el territorio fuese recuperado por Rumanía. Con el establecimiento de la República Socialista de Moldavia en 1940, el norte de Besarabia y Bukovina fueron transferidos a la República Socialista Soviética de Ucrania como regalo, constituyendo el óblast de Chernivtsi. A su vez, la región costera del sur de Besarabia, Budjak, históricamente parte de Moldavia, también fue transferida a la RSS de Ucrania. Esto convirtió a Moldavia en uno de los pocos estados del mundo sin litoral y acabó con su acceso a los ricos puertos comerciales del Mar Negro. Este proceso no sólo afecto a la población moldava, sino a rumanos, búlgaros y gagaúzos que pueblan las zonas transferidas y que hoy día se ven sometidos a nocivas políticas nacionalistas en Ucrania. A cambio de las modificaciones territoriales, Moldavia recibió la región de Transnistria, pero más que regalo, fue una condena, ya que la región está poblada por una mayoría étnica ruso-ucraniana. Esto ha ligado directamente muchas de las decisiones moldavas en política exterior a la cuestión rusa.

La UE se muestra cauta ante toda acción en Moldavia debido a la cuestión Transnistria, y Rumanía ve dificultado e imposibilitado su proceso de unión con Moldavia así como los planes panrumanistas de perseguir la nueva consecución de la “Gran Rumanía”. 

Moldavia celebrará elecciones presidenciales el próximo 1 de noviembre y habrá que estar pendientes de si Igor Dodon, del partido socialista (PSRM), consigue revalidar el puesto o pierde frente a la candidata Maia Sandu, del partido de centro-derecha y europeísta (PAS).  Dodon ha sido objeto de todo tipo de críticas desde su llegada al poder en 2016 debido a su postura con Rusia, que algunos catalogan de “rusófila” o incluso “prorrusa”, algo que él ha negado afirmando que Moldavia no debe posicionarse sino seguir un camino propio. 

 

 

Durante los últimos meses, los diversos problemas económicos y demográficos que enfrenta Moldavia desde finales de los 90 se han agudizado de nuevo a raíz de la pandemia y de que el poder ejecutivo se haya enfrentado con una oposición que recibe respaldo desde las élites rumanas. La clase política moldava no ofrece a la población más que batallas políticas en vez de mejoras en las condiciones de vida y el paquete de 100 millones de euros que ofreció la UE tampoco solventará muchos de los problemas. La crisis constitucional en verano de 2019, que siguió a las elecciones legislativas, pasó prácticamente desapercibida en muchos medios. Se necesitaba un acuerdo entre dos de los tres mayores partidos para formar gobierno. Legalmente, el parlamento tenía, según la constitución “3 meses” para ello. En caso de no lograrlo, el presidente (Dodon en este caso) debía disolverlo. El TC interpretó que estos 3 meses contaban con 90 días (marzo, abril y mayo sumaban 92 días). Las luchas de poder vieron la formación de un gobierno prácticamente a última hora con la alianza de la plataforma DA-PAS, liderada por Maia Sandu y el PSRM. El problema fue que esta alianza se formó al día 91.

Dodon se negó a disolver el parlamento (siendo favorable a la interpretación de los 92 días). El cabinete saliente, controlado por el Partido Democrático (PDM), protestó la situación y el TC se puso de su parte, intentando destituir a Dodon y dar poderes a Pavel Filip (PDM). Filip intentó disolver el parlamento y llamó a nuevas elecciones. La recién formada coalición DA-PAS/PSRM consideró que estas acciones eran ilegales y no las acató. Se convocaron protestas y acampadas en la capital. Se dio una situación de gobierno dual en la que dos cabinetes se acusaban mutuamente de estar infringiendo la ley. La crisis terminó cuando en junio el TC rectificó su decisión de apoyar la queja del PDM y reconoció al nuevo gobierno dirigido por Maia Sandu. Desde Rusia hasta la UE, todos criticaron las acciones del PDM. El entonces líder del PDM, Vladimir Plahotniuc, quien a su vez es uno de los oligarcas más poderosos e influyentes del país, huyó en su avión a EE.UU, a pesar de existir una prohibición de visa para él y su familia en dicho país. Consecuentemente, los miembros del TC, cercanos al PDM y a Plahotniuc, renunciaron a su puesto. Por si todo esto no pareciese ya suficiente tensión, Maia Sandu fue sometida a una moción de confianza en noviembre de 2019, la cual perdió. El PSRM afirmó que el bloque DA-PAS, que lideraba Sandu, había violado el acuerdo de gobierno al sugerir que éste último delegase poderes a la Primera Ministra para proponer a miembros del poder judicial. Tras esto, el bloque DA-PAS también se rompió de facto. Ion Chicu fue nombrado Primer Ministro y sobrevivió a una moción de censura en julio de este año e irónicamente lidera un gobierno conjunto con el PDM.

El fallido gobierno con Sandu era considerado prometedor por los observadores occidentales debido a sus posturas favorables a la integración europea, que servirían como balanza contra Dodon y sus aspiraciones. Actualmente la oposición favorable a occidente se haya dividida y Dodon cuenta con cierta ventaja, pero no se debe descartar ninguna posibilidad, ya que los indecisos serán importantes para obtener la victoria, pero también la diáspora. Ésta última vivió un despertar durante las presidenciales de 2016 y su marcado carácter liberal y proeuropeo será decisivo. Las elecciones moldavas destacan no tanto por las vagas promesas en política interior, sino por el componente externo. Dodon sigue poniendo el énfasis en el carácter plural de la política exterior moldava, lo cual beneficia a Rusia, pero conlleva que ésta se tenga que comprometer a prestar una asistencia económica cada vez más costosa. Esto contrasta con la visión de Sandu, sobre todo el énfasis en la UE y la integración en las estructuras y dinámicas de la organización. No obstante, ésta formula no es infalible, un claro ejemplo es Bulgaria, donde el impopular Primer Ministro proeuropeo ha sido incapaz de resolver los problemas del país durante los últimos 11 años. Mientras, la UE se dedica a desoír las protestas y mantiene a un gobierno corrupto en el poder a través de los fondos europeos. Esta perspectiva tampoco sería favorable para Moldavia, más aún teniendo en cuenta el masivo descenso demográfico y la emigración. 

La sociedad moldava está cada vez más polarizada y el enfrentamiento entre los unionistas, que buscan una mayor integración con la UE, además de la reunificación con Rumanía y los que se oponen a tales pasos, está al caer. Dodon puede lograr la victoria apelando a los sectores moderados y los favorables a Rusia, de lograrlo, el país se mantendría en su statu quo y prácticamente nada cambiaría. Además, las más que probables protestas en su contra serán más peligrosas. Sandu, por su parte, tratará de compensar esta estrategia atacando a males endémicos como la corrupción, apelando a sectores liberales y promoviendo la necesidad de reformas domésticas, aún cuando la perspectiva para aplicar las mismas una vez en el poder sea prácticamente inexistente y lleve a repetir experiencias ya conocidas por todos.

Mientras gran parte de la atención mediática durante las últimas semanas ha estado puesta en eventos como Bielorrusia, el prolongado deterioro en Moldavia debería ser objeto de gran preocupación, teniendo en cuenta todos los intereses extranjeros enfrentados y la volatilidad del país como consecuencia del factor transnistrio. En estos tiempos donde la incertidumbre y la crisis se ven más acentuadas, el descontento de la población y el bloqueo político podrían desembocar en el caos en una zona clave de Europa en la que Rumanía debería jugar un papel decisivo. 

Rumanía cuenta con grandes recursos para convertirse en una potencia regional. Si bien el país se sitúa entre conflictos como el de Yugoslavia y los del espacio postsoviético, se puede decir que constituye un oasis de estabilidad en una región particular. Es precisamente esto lo que lo convierte en un socio clave para ganar presencia en los Balcanes y alrededores, así como en un candidato a dominar la región. No obstante, tiene pendiente solucionar diversos problemas internos y de gran calado que frenan en gran medida ese potencial, como son el interminable enfrentamiento entre su clase política, grandes dosis de corrupción y nepotismo, falta de mayores políticas sociales y para el sector público, un cada vez más preocupante descenso demográfico y la necesidad de un mayor impulso económico. Si las autoridades rumanas dejan de poner trabas al país y la población toma conciencia de forma decisiva, Rumanía podrá asumir, de una vez por todas, el rol que le corresponde.

 

 


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