Siria se ha convertido en sinónimo de muerte, aunque ésta también confluye a diario con la vida. La cordillera de Qalamun ha visto nacer y desangrarse a Damasco a lo largo de los siglos. Hoy, a su sombra, los desplazados encuentran refugio en una guerra que ya ha cumplido siete años.


 

Apenas entramos se acomoda, toma un sorbo de la taza de café que reposa junto al freno de mano y saca una cajetilla de tabaco rubio. Encendemos el par de pitillos, exhalamos el humo y, tras el ritual, Ziad arranca el coche.

Es de madrugada y el frío de las montañas libanesas se mete en lo más profundo de los huesos. Aun así, bajamos las ventanillas para no asfixiarnos con el humo del tabaco que tras cada calada hacemos desaparecer; como los billetes que entran en el pasaporte pero nunca vuelven del checkpoint. Es mejor no preguntar por ellos y seguir avanzando como si nada.

Baja la velocidad en lo que saca los papeles de la guantera. “Es puro trámite, para salir de Líbano y poder volver a entrar”, explica Ziad mientras busca un bolígrafo en el suelo del coche. Para entrar en la oficina de fronteras pasamos bajo un arco detector de metales al que ya a nadie le importa que pite. Mientras esperamos a que nos sellen el pasaporte, un soldado mira hacia la nada del exterior, observando a los perros salvajes que se hacen con la noche.

Volvemos al coche y salimos de Líbano. Hay un tramo que según Ziad es tierra de nadie. Los faros del coche iluminan pequeños grupos de gente que se mimetizan con la oscuridad. Se trata de familias que tras años fuera de su país por la guerra, han decidido volver. Alrededor de una hoguera hay un grupo de niños calentándose en silencio, hipnotizados por el fuego.

Según Naciones Unidas ya han muerto más de 400.000 personas en la guerra de Siria que el 15 de marzo de 2018 cumple ya ocho años. Los últimos datos de ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) hablan de cinco millones y medio de refugiados sirios registrados, casi un treinta por ciento de la población de Siria antes de la guerra. A pesar de ello, Ziad no duda al pisar el acelerador y hacer suya la carretera que conduce hasta Damasco. “Mira cómo corre, esto en España no lo puedes hacer, eh”, comenta entre risas orgulloso de su coche que lo estrena esa misma noche.

La guerra nos ha cambiado, ¿Sabes?”, dice Ziad de repente rompiendo con el silencio. Su mirada parece más apagada. “Yo antes era decorador de interiores, pero ahora no hay forma de dedicarse a eso”, comenta con un gesto de decepción. Ahora se dedica a llevar a gente de Siria a Líbano y viceversa. Gracias a estar casado con una siria y una libanesa, tiene casa tanto en Beirut como en Damasco, por lo que acepta cualquier trabajo y duerme donde le toque.

La oficina de visados de Siria es un sitio lúgubre, nostálgico de lo que un día fue. Las familias que han logrado llegar hasta el lugar entran para resguardarse del frío y pasar la noche para continuar su travesía a primera hora de la mañana. En sus puestos hay dos funcionarios más dormidos que despiertos, y un tercero descansando bajo una manta del Fútbol Club Barcelona.

Ziad se desespera con la parsimonia de los funcionarios, por lo que empieza a increpar con tono bromista a uno de ellos, “Yahla, Hassan, Yahla!”. Después de todo el día trabajando lo único que quiere es ir a casa para poder dormir. Una vez con el pasaporte sellado, volvemos al coche. “Que empiece lo bueno” dice el conductor con una sonrisa mientras saca otro cigarrillo y enciende la música.

Tras dos horas en coche llegamos al último checkpoint antes de Damasco. Los soldados miran por la ventanilla del coche con cierta sorpresa por ver una cara extranjera. Entonces el mando se acerca para ‘mirar el pasaporte’ y confirmar los papeles. Es un hombre corpulento, de cara ajada y con el pelo blanco por las canas. Sin levantar la mirada de la documentación pregunta por qué queremos entrar a la guerra. Es una pregunta difícil de responder si es que puede responderse. Solo se me ocurre una respuesta ridícula de las que avergüenzan a cualquiera: “de visita”. Tras una pausa de sorpresa, el militar comienza a reírse y responde con un alegre “Welcome to Syria” mientras con un gesto indica a Ziad que arranque el coche.

Aunque en 2013 parecía que el gobierno iba a colapsar, con la entrada de Rusia en 2015 por petición del parlamento sirio la situación comenzó a cambiar a favor de Bashar al-Assad. El punto de inflexión fue la sangrienta batalla de Aleppo que terminó con la rendición de los rebeldes a finales de 2016. El año más determinante de la guerra hasta el momento ha sido 2017, cuando el Ejército Sirio ha afianzado sus posiciones y ha logrado terminar con la hegemonía del Estado Islámico en el desierto.

Actualmente el ISIS ha perdido casi todo su territorio, y su presencia se limita apenas al valle del Yarmouk, un barrio de Damasco y áreas perdidas en el desierto de Deir Ezzor. Los rebeldes mientras, reducen su presencia principalmente a Alepo e Idlib, donde sufren un gran desgaste tanto en el frente como dentro de su territorio debido a sus constantes guerras internas. Al sur, en Daraa, los focos rebeldes que quedan son en frentes de baja intensidad. De lo que durante años la prensa definió como “la capital de la revolución” hoy solo quedan pequeñas aldeas, más dispuestas a la reconciliación que a seguir resistiendo hasta el último combatiente.

Sin embargo, la capital de Siria, Damasco, sigue estando dividida. Al sur del barrio de al- Midan se encuentra el campo de refugiados palestinos de Yarmouk, en el que todavía ondean las banderas de Estado Islámico y el brazo de al-Qaeda en Siria Hay’at Tahrir al- Sham (HTS) o Comité para la Liberación del Levante en castellano.

En el este, a pocos metros de la Vieja Damasco y separados únicamente por una carretera, se encuentra la región de Ghouta Oriental. El control del suburbio está dividido entre Douma al norte en manos del Ejército del Islam y el sur controlado por el grupo del Ejército Libre Sirio, Faylaq al-Rahman y sus aliados de Hay’at Tahrir al-Sham.

 

Un hombre carga con una caja de tomates el día de mercado en Damasco / Laura Lavinia

 

Viviendo al lado del frente

La presencia del frente hace que Damasco no sea una ciudad segura debido a los ataques suicidas y morteros que lanzan a diario desde Ghouta. El suelo de la ciudad del jazmín está machacado por los proyectiles que caen de forma azarosa en cualquier parte. 

“Hace años la gente nunca salía de casa”, explica Maram, una estudiante de la Universidad de Damasco que ha crecido bajo el estruendo de la guerra. Al principio no imaginaba que las protestas de 2011 iban a tener resultados tan desastrosos, pero cuando vio la repercusión internacional que empezaban a tener se dio cuenta de que la amenaza de un conflicto armado era real. “Se puso fin al estado de emergencia, se hicieron esfuerzos por llegar a acuerdos, pero a la oposición nunca le parecía suficiente”, recuerda. “En 2013 pensaba que todos íbamos a morir, pero poco a poco estamos recuperando la esperanza” comenta mientras se pregunta cuando va a terminar el sinsentido de la guerra.

Las operaciones del Ejército Sirio para recuperar Ghouta Oriental han provocado de forma indirecta que aumente la peligrosidad en Damasco. Los rebeldes en un intento desesperado de presionar al gobierno sirio para que cese la operación se dedican a lanzar de forma indiscriminada morteros desde la mañana hasta la noche contra zonas residenciales del país. Algunos de los más de sesenta morteros que pueden llegar a caer a lo largo del día han alcanzado escuelas y hospitales, por lo que la gente solo abandona sus hogares cuando es necesario y Damasco ha perdido el ajetreo y la vida que estaba volviendo a tener.

Rami, un anticuario de la Vieja Damasco recuerda todavía a los muchos amigos que ha perdido por la guerra. Aun así, se niega a abandonar su casa -en el barrio de al-Midan, junto al frente de Yarmouk- y su pequeño negocio que regenta con un amigo. Su sueño es volver a ver Siria en paz.

“Todos los días sabes que te puede pasar algo. Como has visto, todavía caen bombas aquí, pero es absurdo pararse a pensarlo. Después de tanto uno se acostumbra”, confiesa con tono sereno, apoyado en una mesa de su tienda frente a la esquina en la que unos días atrás tres personas perdieron la vida por el impacto de un mortero. Aunque la vida es muy dura, dice, es su país, y prefiere seguir con su familia y amigos antes que marcharse a otro lado y morir en el intento. No quiere que le miren como a un refugiado

A pesar de la muerte, Rami opina que en la guerra también hay vida. Ese es el caso de Zen, un periodista de Latakia que a pesar de todo ha logrado formar una familia. No son las bombas quienes le impiden dormir si no sus dos hijas, las cuales no han vivido la paz pero Zen está seguro que algún día lo harán.

Un soldado observa las ruinas de la mezquita Omeya en Alepo / Laura Lavinia

Adiós al hogar

Al sur de Damasco se encuentra el suburbio de Sayyida Zeinab, que toma el nombre de la mezquita homónima en torno a la cual se creó. Según la tradición, en esa mezquita se encuentran los restos de Zeinab, la hija del imam Alí y su esposa Fátima.

Sayyida Zeinab es un oasis en mitad del desierto de edificios destruidos durante la batalla por controlar la campiña de Damasco. La mayoría de los que lo habitan son desplazados chiíes procedentes de toda Siria. En Sayyida Zeinab se encuentra también una comunidad de Foua y Kefraya; dos localidades de mayoría chií en Idlib que llevan asediadas por los rebeldes dos años y once meses.

Khadija llegó a Damasco tras sobrevivir al doble atentado que realizaron los rebeldes el 15 de abril de 2017 contra los autobuses que evacuaban al primer grupo de civiles asediados en ambas localidades. En el ataque murieron sus nietos. Su madre, la hija de Khadija, todavía no ha podido huir y sigue atrapada en el cerco.

Mustafa recuerda que llevaban tres días esperando a ser evacuados. Cada mañana les daban un pan a cada uno y una botella de agua para compartir. El tercer día, 15 de abril, algunos rebeldes aparecieron con bolsas de patatas para atraer la atención de los niños. Entonces sucedió la primera explosión acompañada de una segunda poco después. Entre más del centenar de muertos que dejó el atentado, 68 eran niños.

Actualmente Mustafa ayuda a monitorear el recuento de mártires de Foua y Kedraya desde Sayyida Zeinab. Lamenta la situación de sus vecinos que no han podido huir. “La ayuda por tierra muy pocas veces llega a entrar. La mayoría de las veces Jabhat al-Nusra (actualmente Hay’at Tahrir al-Sham) y mafiosos los desvalijan y se quedan con todo. Lo poco que entra es lo que envía el gobierno desde el aire, pero es insuficiente”, responde al preguntarle sobre los convoyes humanitarios.

Khadija piensa que los salafistas se ensañan especialmente con los habitantes del enclave porque son las dos únicas localidades del emirato de Idlib chiíes y bajo control gubernamental. “Para ellos nosotros somos rafidíes, somos peor que el diablo, y por eso solo les vale matarnos”, explica con tristeza en su mirada. Para Khadija lo único que explica los atentados es la maldad irracional de los que considera, fanáticos descerebrados.

Al norte de Damasco, en la árida región del Qalamoun, se encuentra la villa cristiana de Maaloula. La vida poco a poco está comenzando a volver allí después de que en 2014 milicianos de Nusur al-Zawba’a (el brazo armado del Partido Social Nacionalista Sirio) y Hezbollah expulsasen a Jabhat al-Nusra del lugar. La falta de infraestructura hace que las condiciones de vida en la localidad sean especialmente duras, por lo que solo 300 familias han decidido volver.

Entre ellas se encuentra la de Layla, una mujer libanesa que se mudó a Siria hace veinte años cuando conoció al amor de su vida. Juntos abrieron una tienda, donde se establecieron y formaron una familia de cuatro hijas.

La guerra lo cambió todo

Cuando comenzó el conflicto, Layla y su marido tuvieron que cerrar la tienda que regentaban. Su marido marchó al frente, y ella se dedicó a la costura para intentar conseguir recursos extra, pero apenas puede alimentar a su familia dada la situación humanitaria tan precaria que vive el país. Actualmente el marido de Layla sigue en el ejército, pero vive en Maaloula con su familia, donde se encarga de vigilar junto con otros soldados desde el puesto de control de entrada a la localidad; el mismo en el que Jabhat al-Nusra realizó el atentado suicida con el que iniciaron la batalla por la ciudad.

Avergonzada, Layla se disculpa por el frío que hace en su casa, pero la realidad es que la calefacción se ha convertido en un privilegio ya que las principales fuentes de gas y petróleo durante años han estado en manos del Estado Islámico para pasar recientemente a manos de las Fuerzas Democráticas Sirias. El poco petróleo que entra desde el exterior para hacer más llevadera la situación lo introduce Irán, que se las ingenia para saltarse las sanciones impuestas contra Siria.

A Layla le encanta el francés, pero en Maaloula apenas hay gente con quien practicarlo. Cuando por fin puede hablar el idioma, su cara deja entrever una tímida sonrisa rota por la guerra. Cada vez que piensa en sus hijas recupera un poco de esperanza, “por lo menos las cuatro están vivas”. Comenta mientras observa el poso de su taza de café que lo único que pide es poder verlas triunfar en la vida. Las dos mayores viven en Damasco, donde estudian medicina y periodismo. La pequeña, de nueve años, sueña con ser arquitecta para así poder reconstruir su ciudad. Está segura de que lo conseguirá. Inshallah, dice.

Entre las montañas y bajo la eterna sombra de la guerra, la vida sigue. El reloj del tiempo ni para ni perdona a personas como Layla, cada día luchan por poder disfrutar de un segundo más.

 

Dunas del desierto / Laura Lavinia

 

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